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Los ojos inexpertos pero agudos de una mujer
pueden ver cosas inesperadas entre las narices chatas del boxeo. Ver, por
ejemplo, una insospechada majestad.
Yo
no sabía nada de boxeo. Había leído, desde luego, a Norman Mailer: tengo el
prurito del marco teórico -qué le vamos a hacer-, rémora antigua de los tiempos
universitarios, tiempos de informes y de tesis. En Mailer y en otros había
encontrado una poética del boxeo, pero nada de lo que había visto en mis
primeras incursiones podía competir con la imagen épica que había ido
alimentando en mi cabeza.
Sabía, claro está, que era un deporte rey venido a
menos, pero esperaba encontrar un rastro de los buenos tiempos, algo semejante a
una aristócrata húngara despojada de sus posesiones por el régimen comunista que
hubiera acabado trabajando en un museo de Budapest, tratando con altivez a los
turistas desde la atalaya de su vasta cultura y enseñándoles muy digna los
cuadros que un día su familia lució en el salón. Algo así esperaba.
Sólo encontré campeones de andar por casa y jovencitos que intentaban abrirse
camino hacia la próxima pelea. Ni siquiera rostros de mármol y vida canalla:
sólo dieta y disciplina, y una asepsia total a fuerza de haber querido lavar la
imagen de un deporte políticamente incorrecto, supuestamente degradante. Había
llegado incluso a encontrar, sobre la mesa de un local, las enseñanzas de la
madre Teresa de Calcuta: "¿El regalo más bello? El perdón", "¿La mayor
satisfacción? El deber cumplido", y así hasta veinte preguntas con sus
correspondientes respuestas, rematadas por una tierna mariposa y
convenientemente plastificadas.
Le seguía la pista a uno de aquellos jóvenes higiénicos y me acerqué a verle
entrenar en el gimnasio. No era el primero que veía, y éste era como los otros:
los bajos de un edificio, el local cerrado, asfixiante, el olor acre y el aire
enrarecido, espeso de sudor y del vaho de las duchas; las paredes semidesnudas,
sólo a la entrada tapizadas de fotos viejas de viejas glorias, de amarillentos
recortes de prensa testimonio de los éxitos efímeros de un entrenador que
in-variablemente ha ido, desde entonces, perdiendo pelo y ganando kilos. Un
joven se entrenaba frente al espejo. Magnífica imagen literaria, la del boxeador
danzando frente al espejo, de ese tipo de imágenes de las que hay que saber
guardarse, porque incitan con demasiada facilidad a la ficción, al relato
verosímil.
El muchacho al que había acompañado apuntó con la cabeza a las cuerdas mientras
se ponía los guantes. En el ring, un joven negro descargaba los puños contra un
hígado invisible.
-Con ese tendrías que hablar. Es del Congo, campeón del mundo de los
superwelters. Y tiene estudios.
Tener estudios es una expresión vaga, de admiración contenida. Suelen emplearla
quienes no los tienen, y no tenerlos es lo más frecuente entre boxeadores. El
entrenador fue más explícito:
-Es abogado.
Quise hablar con él. Se detuvo unos instantes, estudió la situación y decidió
que podía contestar haciend
o los ejercicios. Hablaba sin mirar nunca a los ojos,
en un español poco fluido. De pronto se pasaba al francés, y entonces emergía un
discurso bien trabado, brillante incluso. ¿Que por qué no se había dedicado al
derecho? ¿Es que existía el derecho en el mundo? y sobre todo, ¿existía el
derecho en su país? El discurso iba directo al mismo hígado imaginario que
golpeaban los puños. Él habría sido un abogado mediocre, pero podía ser
excepcional en esto, y entonces el mundo tendría que escuchar. Se puso la toalla
al cuello y desapareció secándose el sudor. Cuando volvió, traía una tarjeta de
presentación: Sa Majesté Mukadi Manda. Champion du Monde TWBA Catégorie Super-moyen.
Seguía una dirección, el número de móvil, el fax y el correo electrónico.
En un gimnasio de suburbio de Ripollet, en la periferia barcelonesa, se
entrenaba una tarde tras otra un joven abogado congoleño de maneras elegantes y
porte altivo, campeón del mundo transcontinental con el sobrenombre de Sa
Majesté. Allí estaba la crónica, hecha carne, dando puñetazos al aire entre las
cuerdas. Allí estaba mi aristócrata húngara.
Tuvimos una larga conversación días después, en su casa de Ripollet. Vivía solo
en un piso bajo de una barriada obrera, amueblado con extrema sencillez, pulcro
y ordenado. Allí vivía, pertrechado de artilugios tecnológicos imprescindibles
hoy para un joven ambicioso en trance de labrarse un futuro sin otra ayuda que
su inteligencia. Hacía poco que se había casado y estaba intentando arreglar las
cosas para sacar a su joven esposa del país. Fuera del ring, Sa Majesté no tenía
aspecto de boxeador: la figura estilizada, el corte de pelo, la perilla
incipiente, la manera de vestir, sugerían más bien una imagen de galán
afro-americano a lo Will Smith. Una se imagina un tipo tosco e impetuoso,
tropezando con una palabra sí y otra también, y se encuentra en cambio con un
gentleman, un individuo de maneras exquisitas que mide muy bien las palabras,
que sabe hasta dónde quiere decir y que sólo hasta ahí dice. Ya entonces
trabajaba esporádicamente como portero de discoteca, pero nunca había tenido que
emplear la violencia. Tenía miedo de hacer daño. Una cuestión de ética: no se
puede pegar a alguien en inferioridad de condiciones, a veces incluso borracho.
De cuerdas afuera, un puñetazo es para un boxeador -como un insulto para
cualquier individuo medianamente inteligente- una debilidad. En la puerta de la
discoteca tenía un colega que se sentía satisfecho después de haber pegado a
alguien.
-Pegar le hace sentirse fuerte. Yo no lo necesito: sé que soy fuerte.
Sa Majesté había sido un "enfant de Lubumbashi", y eso al parecer imprimía
carácter: Lubumbashi es cuna de campeones de boxeo en la República Democrática
del Congo, el antiguo Zaire. A los ocho años había empezado a boxear. ¿Una
infancia difícil? Con las palabras hay que afinar: "Algo es difícil en
comparación con otra cosa, todo depende de lo que tengas alrededor". No es fácil
relativizar la miseria. Su padre había sido un homme d'affaires. En un país
africano pasto de golpes militares, la fortuna -la vida misma- debe pender de un
hilo tenso y frágil, y es probable que les affaires evolucionen en paralelo
estricto a las volutas del cigarro puro del dictador de turno. La cuestión es
que la familia llegó a la miseria más absoluta, pero para entonces el joven
Mukadi ya iba a entrar en la Universidad, y un tío suyo asumió los gastos. Así
fue como estudió derecho en Kinshasa. Quiso formar en la universidad un club de
competición. No les interesó. Demasiado sudor, quizá.
El hombre es el único animal que no acepta ser lo que es: unos años de vivir en
la miseria bastan para construir una sensibilidad, y de esa sensibilidad se
desprende un día el grito del hombre ante su destino. Ese día le llegó en
Camerún. Había viajado allí con la selección nacional para un campeonato de
África, y pensó que era el momento de tomar una decisión. No tenía dinero, pero
tenía un sueño, y un sueño puede arrastrar a un hombre: atravesó África
trabajando aquí y allá, buscando el medio para llegar a Europa. Sa Majesté,
veintisiete años, hablaba de sufrimiento. Había sufrido en carne propia y en
carne ajena, y el sufrimiento le había enseñado mucho. Para llegar aquí -"Yo
llamo a esta tierra la tierra prometida"- había visto a gente morir a su lado.
El camino hacia Europa fue algo más que un largo pasillo en su vida: ver un
continente abierto en canal fue una ascesis. Pero el dolor es el camino de la
conciencia, y aquel viaje le dio una identidad.
No quería seguir hablando de aquello. Por higiene elemental -"Acabo llorando, y
no quiero llorar"- y porque necesitaba destruir el pasado doloroso para emerger
como el primer hombre. Un campeón -pensé- necesita una leyenda -importa poco que
sea blanca o negra: basta con que haya una épica-, y ahí estaba la suya. Algún
día dirían de él: "He aquí un hombre que sabe lo que es el infierno".
Pero el sufrimiento no da derechos. Llegó a Europa como un clandestino, y así
hubo de vivir durante algún tiempo. Un día escribiría un libro. Sería el libro
de un clandestino sobre la clandestinidad. El tópico surgía inevitable: la vida
como combate. Sa Majesté volvía a afinar, siempre a vueltas con la sintaxis: la
vida no era como un combate, la vida era un combate. No es que el boxeo fuese
una metáfora de la vida, es que la vida debería ser una metáfora del boxeo.
-Hay que competir continuamente, y al final hay que saber saludarse. Hay que
competir siempre: con uno mismo, con sus deseos, con sus sueños. Cada uno sabe
con qué.
Sa Majesté era ya una celebridad en su país, aunque el glamour perdiera realidad
a medida que perdía altura el avión que le devolvía a España después de cada
viaje al Congo. El padre volvía a dedicarse a los negocios, pero ahora con el
dinero del hijo. La televisión congoleña -vi algunos reportajes- le describía
como un fenómeno de masas, los niños le identificaban por la calle y el ministro
aseguraba que era un orgullo para la juventud del Congo. El orgullo se cimentaba
sobre todo en el hecho insólito de no haber renunciado a la nacionalidad. Eso le
convertía en un patriota. Habían titulado así uno de los reportajes: "Mukadi el
patriota".

Pero Mukadi el patriota era un experto en amagar y no dar cuando se
trataba de política. En esos reportajes, sus palabras sugerían el apoyo al
régimen, pero el tono frío de su voz -una voz sin énfasis- abría una grieta en
su adhesión, una duda razonable. Sabía que tenía que mantenerse al margen, y al
tiempo poner -si convenía- el cinturón a los pies de los poderosos. Tal vez ni
siquiera les hacía culpables, títeres patéticos agitados grotescamente por
Occidente. O quizá pensaba que el tributo al César era el peaje que debía pagar
por su sueño. A veces un hombre noble tiene que ponerse a los pies de la
ignominia, y el periodista está allí para contarlo: es la injusticia fundacional
del oficio.
Para entonces, yo ya sabía que ser campeón de la TWBA era serlo de una de las
versiones del título, la transcontinental.
Me habló de América: sabía que sólo
allí podía ser alguien, pero primero tenía que conseguir el campeonato absoluto.
Era la única manera de hacer saber al mundo de su existencia. Se sentía imbuido
de una misión, portador de un mensaje para la humanidad que sólo tendría sentido
desvelar cuando llegase aquel momento de gloria. Su español avanzaba con
lentitud, pero la sintaxis era impecable. Su razonamiento, por tanto, de una
coherencia sin fisuras.
-Entonces el mundo escuchará y entenderá, pero sólo entonces. Ahora resultaría
ridículo.
Muhammad Alí era su norte.
Alí había sido más que una máquina de pelear: había
sido una inteligencia, una filosofía. Había sido, sobre todo, una persona capaz
de pensar por sí misma. Supo construirse un personaje, una personalidad pública
-bocazas, fanfarrón- que era sólo una máscara, una estrategia que funcionó bien
con los medios de comunicación. Los otros habían sido campeones en el ring, de
acuerdo, pero ninguno había utilizado el boxeo para hacer entender al mundo que
debía cambiar.
Norman Mailer había escrito sobre Alí y sobre las peculiaridades de los púgiles
negros. Sostenía que eran más lunáticos que los blancos, más imprevisibles. Se
lo dije.
-La diferencia entre boxeadores no es cuestión de piel. Es de dónde vienen lo
que marca la diferencia.
Así que era el lugar interior desde el que un boxeador sube al ring lo que le
definía, así que era aquel pasado del que no quería hablar su lugar interior.
Podía aguantar todos los golpes desde allí, como
Alí había aguantado los de
Foreman.
Muhammad Alí había peleado en Kinshasa, en el antiguo Zaire, en 1974. Mukadi era
sólo un niño y no podía recordarlo, pero sabía que había sido un combate mítico.
Aquella noche en Zaire, Alí no era rival para Foreman, uno de los púgiles más
poderosos de toda la historia. "Fue Alá quien dio los golpes", diría después el
nuevo campeón. Y Sa Majesté lo creía.
-Alá está con todo el mundo, pero no todo el mundo tiene conciencia de estar con
Alá. Ésa es la diferencia.
Mi deformada mente occidental lo tradujo como una manera lírica de hablar de
confianza en uno mismo. Quizá Sa Majesté tenía razón y hubiera que ser creyente
para entenderlo. Él era profundamente religioso. A veces -me dijo- iba a un
combate sabiendo que no podía, pero con la seguridad de que Dios lo haría por
él. El Dios del que hablaba era el cristiano. Cuando heredó el sobrenombre de un
tío suyo, antiguo boxeador, quiso dotarle de su propia metafísica. "Viviendo en
aquella pobreza, quise convencerme de que yo era nada menos que el hijo de
Dios". La voz, mucho más vieja que su edad, se había hecho grave. "Y si Dios
había sido rey de reyes, su hijo habría de serlo también".
Muchas veces boxeaba sin conocer al contrincante, sin haberle visto siquiera en
el momento del pesaje. Le veía por primera vez en el ring.
Alí miraba a los
ojos. Sa Majesté evitaba la mirada del otro: podría hipnotizarle -"hay gente que
sabe hacer esas cosas"-, o podrían sus ojos dar al otro demasiadas pistas: "Hay
que traer al otro a tu terreno, no permitir que te lleve hacia el suyo".
He leído en alguna parte que si la nariz de los humanos fuese como la de las
ratas, podríamos oler la cólera ajena. Pero el hombre confió en la vista y no en
la nariz. La vista, desde luego, ofrecía ventajas: la información era mayor y
menos perturbadora. Tenía el grave inconveniente de la perspectiva, pero a
cambio permitía rizar el rizo cuando lo percibido era otro ser humano: yo puedo
percibir al otro percibiéndome, y eso lo cambia todo. Cuando Sa Majesté evitaba
en el ring los ojos del contrario, evitaba lo que de humano hay en la
percepción. Nada que enjuiciar, ni la línea de las cejas, ni la comisura de los
labios, ni la mandíbula, ni las proporciones de la frente: el otro -él mismo-
reducido a objeto. Mejor así, o el combate sería humano, demasiado humano.

Mukadi, un orgullo nacional su país.
Aquel verano, Sa Majesté, obligado a poner en juego el título, intentaba que
fuese en Kinshasa. Estaba cansado de ser el otro, de no sentir nunca el apoyo
del público. Recuerdo haber visto el video de una pelea suya en Madrid, quizá
contra Xavi Moya, en cualquier caso contra un español. El comentarista había
dicho, con la mayor naturalidad: "Es brazilargo el zaireño". Eso había dicho,
sin ningún pudor, en el mismo tono que si se hubiera referido a un toro de
lidia.
Poco después de aquella conversación, le había visto todavía una vez, de lejos.
Yo viajaba en autobús, y él salía del metro en la Plaza España de Barcelona. Le
acompañaba una joven negra, muy guapa. Mi autobús se había parado en el semáforo
y ellos al final de la escalera. Él extendía el brazo en ademán de señalar hacia
Montjuic, y ella asentía con la cabeza. Imaginé que sería su mujer, que quizá
era su primera excursión a la gran ciudad, que con aquel ademán él le mostraba
Europa, le mostraba el mundo, lo ponía a sus pies.
La revista nunca llegó a sacar aquel número sobre boxeo, y yo nunca llegué a
escribir el reportaje; pero el boxeo es un tema recurrente en una revista
literaria y, casi dos años después, ha resurgido de sus cenizas. He querido
ponerme al día y he localizado a Manolo Sierra, su nuevo entrenador. Sa Majesté
continúa siendo el campeón transcontinental: tres veces ha puesto el título en
juego -en África todas ellas-, y tres lo ha revalidado. Habían conseguido,
contra todo pronóstico, aquel combate en Kinshasa. No es fácil conseguir un
combate allí: la financiación depende del gobierno, y sus designios son siempre
imprevisibles. Ahora hay un promotor tratando de venderle a ese gobierno un
combate por el campeonato absoluto. Sería el 30 de octubre, coincidiendo con la
fecha del mítico Alí-Foreman. Si lo consiguieran, invitarían a las viejas
glorias, sería un acontecimiento internacional y su pupilo tendría
posibilidades.
-Es un boxeador técnico. No es pegador, pero tiene mucho aguante.
Sierra sabe bien que nada es previsible en el Congo. De hecho, nada es
previsible en África central. Pero Mudi -dice- es un tipo listo: conoce los
resortes de África. Es buena gente, aunque tiene la natural desconfianza de los
congoleños. Hay que conocer un país en que tener un techo y una aspirina es un
lujo: sólo así se puede entender.
-Yo he comprendido. He estado allí y he comprendido.
Sa Majesté ya no vive en el mismo sitio: ha pasado de un bajo en Ripollet a un
entresuelo en Hospitalet, también amueblado con extrema sencillez, también
pulcro y ordenado. Cuando volvió del Congo con su mujer, se encontró con que le
habían vendido el piso que tenía alquilado: pagaba el alquiler pero no tenía
contrato así que no pudo reclamar nada. Todo cuanto tenía estaba en aquel piso y
todo desapareció. Hubo que volver a empezar.
Me recibió la otra noche con su hija de seis meses en brazos, mientras su mujer
preparaba la cena. Era ella, desde luego, la mujer con la que le había visto en
la Plaza España. Me pareció más madura, más suaves los rasgos de la cara. Había
otros invitados: un joven biólogo marino congoleño y su esposa. La plegaria
antes de cenar me cogió desprevenida: estaba ante una comunidad de primeros
cristianos, con un fervor propio de aquel tiempo en que el contacto con el
misterio no había llegado aún a la esclerosis, cuando la fe significaba que todo
era posible también para el hombre, cuando las tragedias históricas tenían un
sentido más allá de la historia, aunque el hombre no pudiese entenderlo. Ese
cristianismo les había ofrecido un Dios con rostro humano, un Dios a la medida
del hombre, y allí estaban, conmovidos, improvisando una oración sin que mediara
un cliché.

Hablamos del sueño americano. Ya no piensa en instalarse allí. Lleva sobre sí la
carga de toda una familia -padres, hermanos, primos- y ya no tiene derecho a
pensar en continuos traslados. Irá a América, peleará y regresará. ¿Cuándo?
Dentro de un año y medio, tal vez dos. Vivir aquí le gusta y aquí quiere seguir,
aunque hace mucho tiempo que no tiene un combate en España.
-Un boxeador extranjero que llega a España tiene que ser un perdedor. Los
campeones españoles no arriesgan en peleas que no están seguros de ganar. Un
buen boxeador no puede pelear.
Así están las cosas, y Sa Majesté no quiere complicaciones, por eso no ha
recurrido todavía a los medios de comunicación. Sólo una vez le hicieron un
reportaje, para Canal Barça. Tuve la oportunidad de verlo: el negrito del África
tropical emitía el "Visça el Barça" de rigor y celebraba una victoria con la
camiseta del club. Toda la política cultural del nacionalismo catalán estaba en
aquella camiseta. Cierto que a él le cuesta poco complacer, cierto también que
sigue al Barça, pero le intrigaba el significado de una palabra que recorría el
reportaje: culé. El catalán nunca le ha interesado. Simple cuestión mercantil:
no se arreglan combates en catalán. Estamos hablando de boxeo, y el boxeo es un
deporte alejado de las fantasmagorías nacionalistas. Sa Majesté tiene mucho
interés, en cambio, en mejorar su castellano, una lengua todavía poderosa en el
mundo del boxeo.
Era muy tarde y Mukadi quiso acompañarme. Era una de esas noches primeras de
verano atravesadas de melancolía. En la calle, una luz escasa sobre el pavimento
zurcido y una brisa ligera. Los invitados estarían acabando la cena y la niña
empezaría a adormilarse en brazos de su madre. Sa Majesté todavía llegaría a
tiempo para acunar a su hija. La pequeña, por supuesto, se llama Princesse.
Por Charo González