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Lo encontré de casualidad. Él esperaba a unos
amigos sentado tranquilamente en un café, mientras leía el periódico. Sabía de
su rechazo a las entrevistas pero me acerqué igual, porque también sabía que el
gran cronopio que era, guardaba cuotas parejas de humor, generosidad y "buena
leche", como decimos en mi tierra. Y que, como buen gato de jazz, amaba
la improvisación.
Alcancé a explicarle, algo cortado, que había estado buscándole porque quería
hablar con él sobre boxeo y jazz, dos de sus grandes
pasiones, cuando dispusiera
de quince minutos.
- Ahora mismo -me sorprendió.- ¿Querés un café?
Y ahí estaba, sentado frente al escritor con el que había compartido días,
noches y madrugadas, como lector frenético de sus cuentos y novelas; con el
hombre al que admiraba por su compromiso con las luchas sociales de América
latina, por su valiente respuesta a las dictaduras militares en ese continente,
por su amor a la "dulce Nicaragua".
- En España, como tú sabes, el boxeo tiene un marcado rechazo en los ámbitos
intelectuales -algo que no comparto desde luego, como buen aficionado al boxeo
que soy- salvo quizás algunas importantes excepciones como los directores de
cine José Luis Garci o Gonzalo Suárez. ¿Por qué y cómo te interesaste en el
boxeo?
- El por qué nunca me lo pregunté... A mí el boxeo me interesó desde muy niño.
Sabes que en la Argentina, el boxeo es un deporte muy popular. Cuando yo era
niño tuvimos un gran campeón de peso pesado,
Luis Angel Firpo, que tuvo una carrera espectacular. Él fue a pelear a los
Estados Unidos, y disputó el título mundial de peso pesado con el norteamericano
Jack Dempsey, en 1923.
Dempsey era un gran campeón y terminó
venciendo a Firpo, pero después de que
Firpo lo hubiera noqueado y de que el
referee y el público ayudaran a Dempsey
a levantarse. Técnicamente Firpo había
ganado la pelea y Dempsey debió haber
sido descalificado. Pero el combate siguió y finalmente,
Dempsey le ganó a
Firpo. Todo esto está contado en La
vuelta al día. Yo tenía en ese momento nueve años y aquello fue como una
tragedia nacional, porque en la Argentina se consideró un robo al país aquella
pelea. No faltaron los que pedían romper las relaciones diplomáticas con Estados
Unidos. Aquella pelea creo que definió mi pasión por el boxeo, porque yo quedé
muy impresionado por lo de Firpo y empecé
a interesarme por ese deporte que, en esos años, ocupaba mucho espacio en los
periódicos. Leía todo lo que se publicaba sobre boxeo y escuchaba por radio las
peleas más importantes. Desde luego, que, como vivía en una casa llena de
mujeres no había nadie dispuesto a llevarme a ver una pelea.
- "Torito", el boxeador, es un personaje que conecta contigo, que te es
profundamente simpático y que, incluso, pareciera que te provoca ternura...
- Sí, era justo Suárez, un boxeador deslumbrante... Cuando yo era adolescente o
quizás algo más adelante, la aparición en Argentina de Justo Suárez, el "Torito
de Mataderos", fue otra conmoción. Era un boxeador extraordinario... Suárez era
brillante, espectacular y de una gran simpatía. Conectaba muy fácil con la
gente. Y curiosamente, también terminó perdiendo al final en los Estados Unidos,
como esta contado en Torito. Justo Suárez terminó de un modo trágico,
abandonado por todos después de la derrota y murió tuberculoso en un hospital de
provincia en Córdoba. Para mí, su muerte -que fue una verdadera tragedia del
deporte- fue también un acontecimiento importante. No me perdía una sola pelea
suya. Un día, estando yo en París, en la época en que vivía todavía en la ciudad
universitaria, recordé todo aquello y de golpe me senté a la máquina. En dos
horas escribí el cuento, con datos muy precisos sobre sus combates, porque lo
había seguido a lo largo de toda su carrera. Durante dos horas me sentí Justo
Suárez y escribí como un boxeador.
- Tú has dicho muchas veces que, en esa época, eras un esteta, un hombre que
vivía a espaldas de la realidad de América latina y de la historia. Cuando ibas
al estadio, a ver boxeo, ¿también eras un esteta?
- Sí, yo he dicho alguna vez que iba a ver boxeo al Luna Park con un libro bajo
el brazo y era así. Era el joven esteta para el que el boxeo también era un
espectáculo estético. En esa época yo miraba todo con un criterio exclusivamente
estético, y lo veía como un fenómeno estético.

- ¿Sigues siendo todavía un buen aficionado al "noble deporte de los puños",
como se dice en España?
- Sí, desde luego. Sigo al día todo lo que se relaciona con el boxeo.
- ¿Qué te provoca el boxeo para que te intereses por un deporte al que critican
como violento y cruel?
- Es que yo no lo veo violento y cruel. A mí me parece un enfrentamiento muy
honesto, muy noble, como decías ahora. Me interesa el enfrentamiento de dos
técnicas, de dos estilos, la habilidad de vencer siendo a veces, más débil. Te
diré que casi siempre estuve del lado del más débil en el boxeo y muchas veces
los vi vencer y es una maravilla. Por otra parte, lo que sucede es que a mí no
me interesan los deportes colectivos. Eso pareciera que va en contra de mi
ideología pero creo que no es así. El fútbol, por ejemplo, me es totalmente
indiferente. Sé que decir esto, en boca de un argentino, es algo grave... (se
ríe), capaz de desatar muchas iras... Pero me es tan indiferente como el rugby o
el béisbol. Me gustan los deportes donde se enfrentan dos individuos, como
sucede en el tenis o en el boxeo. Son dos destinos que se juegan el uno contra
el otro. En el fútbol son once contra once, gana o pierde un equipo. La
responsabilidad individual se diluye, todo se diluye; alguien pudo haber jugado
muy bien o muy mal pero nunca tiene la plena responsabilidad del triunfo o de la
derrota. En el boxeo eso no es posible. Allí un hombre vence a otro. Gana porque
es mejor o porque hizo mejor las cosas.
- ¿Qué boxeador te ha provocado esa emoción digamos "estética" que puede dar una
especial mezcla de armonía física, técnica, fuerza...?
- Estéticamente es muy hermoso ver enfrentarse a dos grandes boxeadores.
Contemplar sobre un ring, verlo moverse a
Sugar Ray Robinson, por ejemplo, es una maravilla. Por eso, nunca me
gustaron los boxeadores sin talento.
- Con frecuencia utilizas en la literatura elementos del jazz o del boxeo, haces
comparaciones...
- Me parece interesante que me preguntes esto. En América latina hay todavía una
tendencia romántica a buscar metáforas que respondan a imágenes consideradas
"nobles". Yo desde muy joven sentí que debía desacralizar, quitarle a la
literatura esa imagen "noble"; siempre pensé que había en la vida cotidiana
elementos llenos de belleza, que era necesario incorporarlos a la literatura.
Desde el comienzo hay en mis libros referencias del tipo que señalas. Un buen
match de box -como decíamos antes- puede ser tan hermoso como la metáfora más
"noble".
- Aparte de los que ya mencionaste, ¿que otros boxeadores has admirado?
- Muchos, sobre todo, los de la época de oro. Y me gustaba mucho
Cassius Clay. Su descaro, sus bravuconadas,
ese estilo de desafío permanente. Él decía que era "el más grande" y quizás lo
haya sido. Lo que es seguro es que ha sido, sin duda, uno de los más grandes de
la historia del boxeo. Y de la Argentina, admiré al "Intocable", Nicolino Locche.

- ¿No te gustaba Carlos Monzón?
- Sí, sí, me gustaba mucho. Era un boxeador cerebral, que usaba la cabeza para
pelear. Y era demoledor. De una finura cruel para boxear. La pelea con el
italiano Benvenuti es inolvidable. Y
también el combate con Boutier, que yo vi por televisión. A propósito, ¿sabes
que en los años veinte, Ho Chi Minh era cronista de boxeo en París? En una
ocasión, comentando para una revista francesa, un combate entre dos boxeadores
norteamericanos, uno negro y otro blanco, él escribió un extraordinario alegato
contra el racismo, desde luego sin utilizar ni una sola vez esa palabra...
Recordé ahora ese alegato, porque cuando vi la transmisión de la pelea Boutier-Monzón
me indignaron los comentarios racistas que hacía el relator.
- Hablando de Monzón, hay otro cuento
tuyo, La noche de Mantequilla, donde también el boxeo está presente...
- Ah, sí, es la historia de la pelea de
Carlos Monzón y "Mantequilla" Nápoles
en París, una pelea que me dejó un recuerdo muy especial. Así que cuando se me
ocurrió la idea del cuento, que es una historia que tiene que ver con la
política, la situé en aquella noche en el estadio.
Por Antonio Trilla, Madrid 1983.
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Julio
Florencio Cortázar, 1914-1983. |