|
En mayo de 1976 Oscar
Natalio Bonavena, el campeón argentino de boxeo, caía asesinado a la
salida de un prostíbulo en Estados Unidos. Nueve años antes, María Esther
Gilio publicaba en "Marcha" un reportaje que lo pintaba de cuerpo entero.
"Yo le gano a ése. A ése y a
cien como él", dijo Ringo; y miró hacia la cámara con expresión
desafiante. Pero enseguida sonrió y guiñó un ojo. "Ringo ahora saluda",
explicó el locutor, c omo
si los televidentes fueran ciegos. "¿A quién está dedicado ese saludo,
Ringo?" "A los pibes de mi barrio. A los pibes de Boedo que me están
mirando." Dijo, y volvió a sonreír sin saber muy bien hacia qué cámara
dirigir la mirada.
Dos días después se entrenaba en el Luna Park. Un portero guardaba
fervorosamente la entrada del gimnasio. Cualquiera podía creer que detrás
de esa puerta se encontraba el jardín de las Hespérides. Tan celoso era su
cuidado, tan ansiosas las miradas de los que quedaban fuera. Cuando Ringo,
después de dos horas, apareció distribuyendo sonrisas de héroe cansado,
una ola de excitación recorrió a los chiquilines que también desde hacía
dos horas husmeaban la entrada y conjeturaban sobre entrenamientos,
campeonatos, zurdazos y dólares. Ringo se dejó palmear por uno, simuló
tirar un puñetazo a otro y girando rápidamente me emplazó con su índice.
"¿Usted es la uruguaya? ¿Así que quiere hacerme un reportaje en casa de mi
vieja? ¿Sabe una cosa? Eso fue lo que más me gustó. Eso... que quiera
conocer a la vieja. Venga, tengo la cachila afuera."
La cachila, un Mercedes deportivo blanco tapizado en cuero negro, sin
desmedro, podía integrar las ensoñaciones del emir de Kuwait. Ringo se
acercó y le palmeó el capot con aire tierno. "Seis millones", dijo. "¿De
dólares?", pregunté distraída. "¡Ah, no! Pero usted está loca..." y
acercándose con mirada interrogante: "Digamé, ¿es buena periodista
usted?".
-¿Por qué? ¿Solamente se entrega a los buenos?
-No... pero como además es mujer... Suba.
-Quédese tranquilo... mis amigas dicen que soy buena.
-Mis amigos también, pero yo tengo...
-Sí, muchas copas y medallas para demostrarlo.
-Eso es. Y empresarios que me pagan cualquier plata.
-Un millón. -¿Un millón? Por un millón no
levanto este dedo. Quizá veinte millones por una pelea. Hace poco gané en
una noche veintiséis millones -dijo; y se quedó mirando la cara que yo
ponía. Para no decepcionarlo abrí la boca extasiada.
-¡Ah!... -¿Vio? -dijo, y pegó un frenazo
que me tiró contra el parabrisas.
-Ringo... no se olvide que aquí adentro hay un campeón.
Sonrió. -Yo manejo rápido. ¿Tiene miedo?
Este auto da más de doscientos. ¿Por qué no empieza con las preguntas?
-¿Qué cree que estuve haciendo hasta
ahora?
Volvió a mirarme con expresión desconfiada.
-¿Será buena periodista usted?
-Soy mala... pero muy honesta.
(Soltó una carcajada.) -Ahí me hace
acordar a la vieja que siempre quería hacerme entrar con alguna muchacha
fea pero muy trabajadora.
Estábamos rodeando Plaza de Mayo. Ringo había aminorado la marcha del auto
y miraba atentamente hacia un grupo de chicos y palomas. "¿También usted
venía aquí de niño, a dar de comer a las palomas?", le pregunté.
-De pibe venía, sí... Y ahora también vendría... Uno siempre tiene algo de
pibe. Yo veo a los chiquilines pateando una pelota o remontando un
barrilete y se me van las manos. Mire esos pibes con las palomas. ¿Usted
se cree que a mí no me gustaría estar allí con todas las palomas
alrededor? Que alguna se me viniera arriba, bien confiada, y cuando menos
se lo espera ¡chácate!, dejarla dormida de un manotazo.
-¿Qué? -Mire, yo tengo un 38, un 22 y un
Winchester, pero me gusta la honda... ¡Qué me vienen a mí con la caza
mayor! No hay como la honda.
-¿Era muy peleador de chico?
-Me peleo ahora... ¿no me iba a pelear cuando era pibe? Vea ese idiota;
ése, allí adelante que no me deja pasar. (Gritando.) ¡Cara de
mandarina...! (Riendo.) Le digo eso porque estoy con usted, si no...
-¿Nunca llega a las manos?
-¿Usted está mal? Está prohibido; un boxeador no puede. Pero de chico me
saqué las ganas. Peleaba en todas partes, en las canchas, en la escuela.
-¿Cómo le surgió la idea de hacerse boxeador?
-(Se tapa la cara.) Yo cuando era chico tenía la misma cara que ahora.
Todos me decían: "¿Vos sos boxeador, pibe?", y la vieja siempre me
disfrazaba de boxeador. Dios me hizo boxeador. Bueno, yo digo Dios como
puedo decir mi mamá. A Dios no lo conozco, a mi vieja sí. Es lo más grande
que hay -dijo, y quedó por algunos minutos totalmente ausente.
-Se quedó muy abstraído, Ringo, ¿en qué estaba pensando?
-Estoy pensando que si mi hija nace el mismo día que yo es un fenómeno.
-Aunque no nazca el mismo día, igual es un fenómeno.
-¿Vio? ¿Lo va a decir? -Seguro. Habíamos
dejado el centro y atravesábamos el Once; el grito de "chau Ringo" se hizo
entonces tan frecuente que casi no hablábamos. "Por aquí lo conoce todo el
mundo", le dije.
-Estoy entrando en mis barrios, aquí soy un ídolo.
-Las mujeres lo deben volver loco.
-Nooo... Además, yo a las mujeres poca bolilla -dijo, y se llevó el pelo
hacia atrás con los dedos entreabiertos-. Mire para enfrente. ¿Ve esa
casa? Me la acabo de comprar. Ahora le estoy haciendo pileta. Es barrio
berreta pero estoy cerca de la casa de la vieja, me río del mundo.
Dos cuadras más adelante detuvo el auto, señaló hacia la derecha y dijo:
"Aquí vive la vieja". Tenía el aire de estar diciendo: "Aunque parezca
mentira todavía existen los milagros; mi madre vive allí, en esa casa que
parece igual a todas". Bajamos y, sin golpear, entramos. Dos señoras y un
boxer nos salieron al encuentro dando grandes muestras de contento.
"¡Tití! -decía una de las señoras-, ¡sólo tengo milanesas!"
-Me como siete -dijo Ringo, sin ánimo de broma.
Pasamos a la cocina. Todo se agitaba alrededor del campeón. Eran las tres
de la tarde pero la cocina volvió a encenderse y la heladera a abrirse y
cerrarse. Aparecieron las milanesas, pero también ensaladas, quesos,
choclos, papas, buñuelos, sopa, vino (por supuesto con soda), y ante mí,
que había aceptado un café, un tazón colosal rebosando café negro. Ringo
comía, toreaba alternadamente a la madre y al perro, y respondía a mis
preguntas.
-Cuénteme su primera pelea.
-¿Te acordás vieja? Yo era un pibe; tenía 17 años. Un pibe con unas ganas
locas de pelear. Tiré piñas por todos lados. No veía, le pegué hasta al
referí. A mi manager no le pegué porque me agarró la mano a tiempo -dijo y
volvió a concentrarse en la comida.
-No se olvide, diga que mi perro es un boxer. Mírele la cara. Tiene cara
de boxeador como yo.
-Tiene. ¿Cuál fue su mejor enemigo?
-¿Quiere decir si alguna vez me hice amigo del que peleó conmigo?
-De José Georgetti. Era un gordo fenómeno. Andaba en la mala, no acertaba
una. Peleamos y a mí me descalificaron. Decían: "le ganó a Ringo". Con eso
repuntó bien, le volvieron a dar buenas peleas. En la casa colgó un
retrato mío. Cuando yo peleo viene a verme y me dice: "A ese tenés que
darle con la zurda", o "No le des mucho al principio, cansalo"... y todo
por esa pelea.
-Mientras pelea, ¿oye lo que el público le grita?
-Cuando recién empecé oía como quien oye llover. Tenía menos
responsabilidad, me quedaba tranquilo. Ahora es distinto.
“Reíte vieja, que ya
sufriste mucho lavando ropa pa’ afuera”,
susurraba al oído de su mayor amor en este mundo...
Ringo Bonavena
-¿Y qué le gritan? -¡Vieja! Vení, oí,
mirá si le voy a decir lo que me gritan.
La madre se acercó y dijo: "A veces se acuerdan de mí". -Eso sí que me da
rabia -dijo Ringo-. Pero lo que más me gritan es: "Dale, maricón, anda a
dormir a tu casa".
-¿Cuáles son las condiciones más importantes para un boxeador?
-Que sea guapo y que sepa crear arriba del ring.
-¿Qué quiere decir eso? -Sí, no debe
esperar lo que le diga el manager. El manager le dice: "Pegale al hígado,
al estómago". Hay algunos boxeadores que oyen, y le meten nomás al hígado,
y eso está mal. Hay que pegar por otro lado, más arriba, y cuando el tipo
se descuida, chau, darle al hígado.
-Usted tiene fama de fanfarrón.
-Soy muy fanfarrón. -¿Nunca tuvo miedo?
-¿Arriba del ring? No. -¿De verdad? -¡Arriba del ring no! -y luego
riéndose a carcajadas-: Tengo miedo arriba del avión. Si tuviera ese miedo
cuando peleo no podría pelear.
-Vamos a pensar que usted sube al ring. Al tipo con el que va a pelear
nunca lo vio antes o lo vio de lejos. En cuanto lo ve, ¿tiene ganas de
pegarle o las ganas le van viniendo de a poco?
-No, no, yo trato de tenerle rabia para poder pegarle con ganas. Por
ejemplo que en el diario o en la radio haya dicho: "A Ringo yo lo mato" o
algo así.
-¿Habla mientras pelea? -Yo no soy de
hablar mucho.
-¿Otros boxeadores sí? ¿Qué dicen?
-Y... pueden decir "mientras vos estás aquí, ¿sabés con quién está
(disculpe) acostada tu novia?", o cosas por el estilo.
-Cuando termina una pelea, ¿qué tiene ganas de hacer? ¿Qué hace?
Ringo se da vuelta y mira a la madre que no ha dejado de trajinar a su
alrededor llevando y trayendo platos. "El Tití siempre viene para casa
después de las peleas" -dice la madre-. Y luego Ringo: "¿Vio?". "Sí -añade
la madre-, ¿pero quién hizo el sacrificio para formar ese cuerpo?"
Yo no entendí bien y quedé mirándola. A su vez Ringo quedó mirándome a mí.
Por fin dijo: "Pero mire que usted es buenas noches. La vieja le quiere
decir que este cuerpo lo hizo ella. Estos noventa y tres quilos a la
sombra. ¡Toque! ¡Toque aquí! ¡Pero toque bien que no muerde!
-¡Fantástico! -Dijo bien. Fantástico.
Volvió a sentarse y comenzó a comer la fruta.
-Cuénteme cómo fue la pelea con el campeón mundial, en Estados Unidos.
-Qué quiere que le cuente, si no vi nada. Me dio cada piña que no sabía ni
cómo me llamaba. Mala noche, malísima -dijo y con el sifón echó un chorro
de soda al perro que ladró sorprendido-. ¿Sabe cómo se llama mi perro? Se
llama Ringo como yo.
-¿Conoció a Cassius Clay en Norteamérica?
-Sí, pero de lejos en un gimnasio. Yo le grité: "A vos te mato".
-¿En español? -No, en inglés: "I kill you".
-¿Sabe inglés? -¿Usted está mal? Hace un
rato... ¿le quedan muchas preguntas? Porque pájaro que comió, voló.
-Ya termino. Hace un rato hablábamos del momento en que usted se enfrenta
con el otro, arriba del ring. Supongamos que están peleando y el otro, ya
medio grogui, se cae al menor golpe. Usted sabe que lo que correspondería
sería que el manager tirara la toalla y la pelea terminara, que el otro ya
no es nada. ¿Qué siente en ese momento?
-Una vez estaba peleando con un tipo que estaba así como dice usted, lo
tocaba y se caía. De golpe me di vuelta y le tiré un trompazo que si lo
agarro hay que hacerle la estética.
-¿Al pobre tipo? -¡Al manager! Me lo
tuvieron que sacar, quería matarlo. Hay cada criminal... Otras veces uno
está tan caliente que no se da cuenta de cómo está el otro y puede
deshacerlo sin querer.
-Supongamos que la pelea termina en este momento, usted ganó, el juez le
levanta el brazo, ahí en el suelo fuera de combate está el otro. ¿Siente
lástima?
-Yo gané, el juez me levanta el brazo... y enseguida empiezo a ver la
gente que grita, las luces de los fotógrafos. Levanto la cabeza y me
olvido del otro. No tengo nada más que ver con ese tipo. Si después me lo
encuentro abajo le digo: "Estuviste bien, guapeaste", para alentarlo, ¿me
entiende?
-En ese momento se siente muy feliz.
-Sí. Pero no porque lo rompí todo al otro; de él no me acuerdo más. -Se
puso de pie-. Venga que le voy a mostrar la casa que le regalé a mi vieja.
Me la enseñó paciente y ordenadamente, explicando las mejoras, los
arreglos, los costos. La madre nos seguía ensimismada a ambos -la casa y
Ringo- mientras sonriendo, asentía con la cabeza. Ringo se detuvo de
pronto, y señalado con aire severo un saco que ésta llevaba puesto dijo:
"¡Mamá!, ¿no te dije que ese saco lo tiraras? ¡Dámelo!".
Con el gesto de estar partiendo una hoja de papel lo abrió de lado a lado
y riendo se lo puso al perro de bufanda.
-No -dijo la madre-, es lindo porque con la calor...
-¡Vieja! ¡No se dice "la calor"! El calor, el calor. No me haga pasar
vergüenza delante de la uruguaya.
Ninguna vergüenza campeón, ilustre imagen de antiesnobismo, seguro huésped
al Reino de los Cielos.
(Marcha, Montevideo, 1967)
|